Me llamo Blas. Nací el 10 de septiembre de 1994 en Junín, provincia de Buenos Aires. Soy el menor de cuatro hermanos. Mi viejo era bancario y mi mamá, ama de casa. Desde muy chicos fuimos una familia bastante nómade. No porque lo hubiéramos elegido, sino porque el trabajo de mi viejo implicaba ir haciendo carrera dentro del banco y, con cada nuevo destino, nuestra familia también se mudaba. Así fue como, desde que tengo memoria, aprendí que una casa podía quedar atrás y que un nuevo lugar podía convertirse rápidamente en nuestro hogar.
Nací en Junín y, después de un tiempo, nos mudamos a 25 de Mayo, donde hasta el día de hoy vive mi hermano mayor. De ahí nos fuimos a La Falda, en la provincia de Córdoba, donde llegué estando en segundo grado. No llegamos a estar un año cuando apareció otro traslado: Córdoba Capital. Ese período fue bastante particular. Llegué a pasar por cinco escuelas en cuestión de unos pocos meses. Mientras mis compañeros construían amistades y rutinas, nosotros estábamos acostumbrados a empezar de nuevo.
Con el tiempo, también llegó el momento en que mis hermanos y yo empezamos a tomar caminos diferentes. Mi hermano mayor se quedó en 25 de Mayo, donde ya estaba viviendo. Mi hermano Lucas, que también siguió el camino bancario, se fue a Corral de Bustos junto con mi hermana Paula, que lo acompañó. Yo, por mi parte, me fui con mis viejos a Saladillo, también en la provincia de Buenos Aires. Ese sería el último traslado que le tocaría hacer a mi papá antes de jubilarse.
Y fue justamente en Saladillo donde, por primera vez, nos quedamos quietos durante bastante tiempo. Ahí terminé los últimos años de la primaria y toda la secundaria. Estudié en una escuela industrial, algo que cuento con mucho orgullo porque, aunque en ese momento no tenía idea de cuánto me iba a servir, muchos años después esos conocimientos terminarían siendo fundamentales para construir y transformar mis propios motorhomes.
Pero todavía faltaba muchísimo para eso.
El banco
Terminé la secundaria con ganas de trabajar y, también, con la posibilidad de rendir para entrar al Banco Nación. Era un poco seguir la historia familiar. Mi viejo había sido bancario, mi hermano también había elegido ese camino y, de alguna manera, yo también quería hacerlo. Pero no era solamente mi deseo. También era algo que mi viejo quería para mí. Y con el paso de esta historia van a entender por qué ese deseo terminó teniendo un significado mucho más profundo.
Justo cuando terminé la secundaria, mi viejo se jubiló. Y mientras yo esperaba mi oportunidad para entrar al banco, mis viejos decidieron mudarse a Corral de Bustos, donde estaban viviendo mis hermanos, para cumplir finalmente el sueño de tener su propia casa.
Yo me quedé unos ocho meses viviendo con ellos. Durante ese tiempo trabajé en un servicio técnico de informática. Fue una etapa corta, pero importante. Era mi primera experiencia laboral y, de a poco, empezaba a entender lo que significaba ganar mi propio dinero, tener responsabilidades y empezar a desenvolverme por mi cuenta. Al mismo tiempo, esperaba el llamado del banco.
Hasta que finalmente llegó.
Rendí, aprobé y me comunicaron que, en dos meses, tenía que mudarme nuevamente a la provincia de Buenos Aires. El destino era un lugar que ninguno de nosotros conocía: Lobos.
Lobos era una ciudad tranquila, casi un pueblo para mí. Y aunque en ese momento no lo sabía, ese lugar iba a ser muy importante en mi vida. Ahí conocí personas que todavía hoy son amigos y, sobre todo, personas que tuvieron un papel enorme en el cambio de vida que vendría muchos años después.
Pero llegar no fue fácil. Yo era el menor de la familia y siempre había estado bastante acompañado. Mi mamá, con todo el amor de una madre, prácticamente no me dejaba ni hacerme la cama. De repente me encontré viviendo solo. Tuve que aprender a cocinarme, pagar un alquiler, mantener los servicios, organizar mi plata, hacer las compras, resolver problemas y, básicamente, empezar a hacerme cargo de mi propia vida.
Todo era nuevo. Recuerdo incluso la primera vez que tuve que ir solo al hospital para atenderme. Puede parecer una pavada, pero para mí fue todo un logro. Me acuerdo de pensar algo así como: “Bueno, parece que estoy creciendo de verdad”. Y fue ahí cuando empecé a entender que la independencia no llega de un día para el otro. Se construye con pequeñas cosas, con cada decisión que tenés que tomar solo, con cada problema que resolvés y con cada vez que no queda otra que aprender.
Pocha
Acá quiero hacer un parate. Porque esta historia no estaría completa si no hablara de una persona. Y, por qué no, de toda una familia.
Cuando me llamaron para decirme que tenía que irme a Lobos, una familia de apellido Rojas se enteró de que yo era de Saladillo y me ofreció quedarme un tiempo con su abuela hasta que pudiera conseguir un alquiler. Yo no sabía que ese gesto iba a terminar convirtiéndose en algo tan importante para mí.
Su abuela se llamaba Pocha.
Mis abuelas de sangre siempre habían estado lejos. Los constantes traslados de nuestra familia hicieron que nunca pudiera tenerlas cerca durante mi infancia. Y entonces apareció Pocha. No es mi abuela de sangre, pero lo es en todo lo que realmente importa. Hasta el día de hoy, mientras escribo estas líneas, la considero mi abuela.
Una mujer trabajadora, de esas personas que dejan una marca sin necesidad de hacer grandes discursos. Junto a su hijo Ramón, me acompañaron durante esos primeros meses en los que para mí todo era nuevo.
Para mis viejos, que estaban a casi 600 kilómetros de distancia, saber que yo estaba acompañado, cuidado y en buenas manos seguramente también significó muchísimo. Y para mí significó encontrar una familia en un lugar donde todavía no conocía a casi nadie.
Por eso, si alguna vez leen esto: gracias. Gracias a la familia Rojas por haberme abierto las puertas de su casa cuando perfectamente podrían no haberlo hecho. Gracias a Ramón por acompañarme en esos primeros pasos. Y gracias, especialmente, a vos, Pocha.
Porque quizás no compartamos la misma sangre, pero compartimos algo que para mí vale muchísimo más: una historia. Y esa historia forma parte de quien soy.
A ustedes les voy a estar agradecido toda mi vida.
La pregunta que cambió todo
De a poco empecé a crecer. Llegaron mis primeros sueldos, mi primer celular comprado con mi propia plata, mi primera tarjeta de crédito y esas pequeñas cosas que, para cualquier pibe, significan empezar a sentirse un poco más grande. Me compraba mi ropa para salir a bailar, me iba de vacaciones con los muchachos, empecé a jugar al fútbol, seguí haciendo calistenia y cada vez tenía más amigos. De a poco fui armando mi propia rutina: trabajo, fútbol, amigos, salidas, vacaciones, entrenamientos. La vida empezaba a sentirse bastante estable.
Y fue justamente cuando sentía que todo estaba bien que llegó una noticia que me derrumbó la realidad.
Un día me llamó mi vieja. Me contó que mi papá tenía cáncer. Estaba internado y tenía una leucemia bastante agresiva. Recuerdo que lloré mucho más por la noticia y por el miedo que me provocaba escuchar la palabra “cáncer” que por todo lo que vino después.
Mi viejo era un tipo que, hasta prácticamente el día de su muerte, jugó al fútbol. Físicamente estaba entero. No parecía tener relación su edad con el estado físico que tenía. Pero había algo que lo caracterizaba muchísimo: era muy terco con su salud. No le gustaba ir al médico y mucho menos contar que estaba enfermo. Decir que tenía cáncer, que estaba débil o que algo no estaba bien era probablemente lo último que hubiera querido hacer.
Hasta que no le quedó otra. Terminó contándole a mi hermano mayor, que fue quien lo llevó hasta Junín, donde quedó internado.
Yo, mientras tanto, seguía con mi vida en Lobos. Y hay un recuerdo que con el tiempo adquirió un significado completamente diferente. Mi viejo hacía unos 260 kilómetros entre ida y vuelta para venir a verme jugar al fútbol los domingos. Venía, tomábamos unos mates y después volvía. Recuerdo que tomaba uno y no quería más. Tenía la encía lastimada, le sangraba y le dolía la boca. Yo no entendía qué le pasaba. Nunca me dijo.
Esa fue la última vez que vino a verme.
Mucho tiempo después entendí que esa sangre, ese dolor y esa tos que tenía mientras manejaba tantos kilómetros eran consecuencia de la leucemia. Y él nunca me dijo nada.
Un mes
Mi viejo estuvo internado solamente un mes. Un mes que se hizo larguísimo. Mi mamá dejó de lado incluso la separación que tenían y estuvo a su lado desde el principio hasta el final. Fue un mes en el que pasamos por muchísimas cosas. Situaciones que todavía hoy recuerdo. Incluso hubo errores en la clínica que hicieron todo todavía más difícil, como aquella vez en la que se quedaron sin oxígeno en la habitación.
Fue un mes duro. No voy a mentir diciendo que fue fácil.
Hasta que llegó ese momento que, de alguna manera, todos habíamos tenido miedo de enfrentar alguna vez.
Mi viejo murió.
Y la muerte, que hasta ese momento había sido algo lejano, casi abstracto, se me presentó de frente. Ahí tuve que tomar una decisión. Podía quedarme atrapado en ese dolor para siempre o podía intentar entenderlo.
Y creo que ahí recibí una de las lecciones más importantes de mi vida.
Empecé a entender que la muerte es tan tangible como nacer. Que es parte de nuestra existencia, aunque muchas veces hagamos todo lo posible para no pensar en ella. Y que, por más miedo que nos genere, forma parte de nuestro día a día.
Lo difícil fue transformar ese miedo en una motivación.
Pero lo hice.
Por eso hay una frase que muchas veces digo y que, cuando la escuchás por primera vez, puede sonar incluso bastante fuerte:
“La muerte de mi papá fue lo mejor que me pasó en la vida”.
Y sí.
Lo fue.
No porque su muerte haya sido algo bueno. Nunca podría serlo. Fue lo mejor que me pasó porque me obligó a empezar a preguntarme algo que hasta ese momento nunca me había animado a preguntar.
¿Es realmente lo que quiero?
La vida siguió. Volví a trabajar, continué con mi rutina y, desde afuera, probablemente todo parecía seguir igual. Pero por dentro había quedado una pregunta.
Una pregunta que cada vez aparecía más seguido:
¿Es realmente esto lo que quiero para mi vida?
¿Quiero pasar toda mi vida trabajando en un banco? ¿Quiero llegar a viejo haciendo exactamente lo mismo? ¿Quiero que mi historia termine pareciéndose a la de mi viejo?
No tenía las respuestas. Pero sí sabía que necesitaba empezar a buscarlas.
Y creo que por eso empecé a viajar cada vez más.
Europa
Hasta ese momento había viajado, pero mi siguiente viaje fue diferente.
Me fui a Europa.
Conocí España, Francia, Bélgica, Inglaterra y algunos lugares más. Fue uno de esos viajes que te mueven cosas por dentro. No solamente conocí lugares nuevos. También conocí otras formas de vivir, otras culturas, otras posibilidades.
Y mientras más viajaba, más fuerte aparecía esa sensación de que quizás existía otra vida posible para mí.
Una vida diferente.
Una vida que todavía no sabía cómo construir.
Por esa época también me puse de novio. Esa persona fue muy importante durante todo mi proceso de cambio. Fue un gran apoyo emocional en un momento en el que yo todavía estaba tratando de entender qué quería hacer con mi vida.
Pero además fue quien me mostró algo que hasta ese momento prácticamente no conocía: la vanlife.
Y ahí apareció una posibilidad que empezó a cambiarlo todo.
¿Qué pasaría si pudiera abandonar todo? ¿Qué pasaría si pudiera empezar de cero? ¿Qué pasaría si mi casa pudiera viajar conmigo?
La idea empezó como una posibilidad bastante lejana. Pero cuanto más la pensaba, más sentido tenía.
El desafío más difícil
El problema no era solamente convencerme a mí. También tenía que enfrentar a mi familia.
Recuerden que venimos de una familia de bancarios. Mi viejo había sido bancario, mi hermano también y yo estaba trabajando en un banco. Y, de repente, aparecía diciendo que quizás quería dejar todo para vivir viajando.
Hablar con mi vieja de eso sabía que iba a ser una lucha larga.
Y probablemente lo fue.
Pero yo ya estaba dispuesto a enfrentarla.
No sabía exactamente cómo iba a terminar todo. Solo sabía que quería intentarlo.
La MB180
Y así fue como encaramos el primer proyecto.
Una Mercedes-Benz MB180.
Para conseguirla hice algo que, visto desde hoy, parece bastante lógico dentro de esta historia, pero en ese momento fue un cambio enorme: cambié mi Fiat 500 por un furgón prácticamente desarmado que compramos en La Plata.
Todavía me acuerdo de la primera vez que lo manejé.
Tenía un miedo tremendo.
Imagínense: yo estaba acostumbrado a subirme todos los días a un Fiat 500 y, de repente, estaba manejando un furgón de 1995.
Era enorme para mí.
O al menos así lo sentía.
Pero poco a poco empecé a meterme en el proyecto. Y ahí apareció algo que, muchos años antes, había aprendido casi sin darle importancia.
La escuela industrial.
Empecé a acordarme de la carpintería, de la electricidad y de todas esas cosas que había aprendido durante la secundaria. Empecé a comprar herramientas. Al principio hacía cosas pequeñas. Después un poco más. Y cada vez me animaba a hacer más.
Sin darme cuenta, empecé a construir algo mucho más grande que un furgón.
Estaba construyendo mi propia posibilidad de cambiar de vida.
Pasaron meses. Y después pasó un año. Y después otro.
Hasta que, cuando quise acordar, habían pasado dos años y tenía mi furgón terminado.
Había logrado transformar aquel vehículo prácticamente desarmado en algo que podía convertirse en mi casa.
Parecía que finalmente todo estaba listo.
Pero justo cuando estaba por comenzar la vida que tanto había imaginado, apareció algo que nadie esperaba.
La pandemia.